lunes, 18 de octubre de 2010

LOS RELATORES

Difusores de goles y emociones hasta las lágrimas. Sí, los relatores son parte de la vida de todo amante de la de gajos. Son los que nos cuentan cada detalle, que nos sumerge en la más creativa imaginación. Pueden ser, en cuestión de segundos, el mejor amigo del fanático oyente, o el traidor que traslada la tristeza de un gol contrario. La radio en mano, mate de por medio, y la voz apasionada del relator que te lleva a un paraíso sin igual. Aquel que nos hace fantasear con goles, atajadas, polémicas y todo lo que de por sí, genera un deporte como el fútbol. Un clásico de las tardes domingueras.

A veces nos fastidian. Te ponen los pelos de punta, exagerando supuestas situaciones de riesgo, cuando en realidad la pelota ni siquiera ingresó al área. Claro, te hacen asustar sin razón. O, en contrapartida, son muy buenos para crear falsas ilusiones. Culminan la jugada con un grito tan extenso y desgarrador que parece gol de nuestro equipo, pero que a la postre termina siendo una jugada insulsa que ni siquiera aparecerá en los resúmenes del noticiero deportivo del día siguiente. Aún así, sin ellos, el fútbol no sería el mismo.

No suelen hacer magia, eso es cierto. Porque si jugás mal, es difícil cambiar la tendencia sólo con palabras. Aunque sí tienen la capacidad de dibujar algo atractivo, en un 0 a 0 penoso. Son creadores por excelencia, que no salvan a tu equipo del descenso, pero sí pueden con inteligencia e ingenio, darle color a una grisácea tarde de domingo.

Si imaginamos un relator de radio en un partido que está llegando al final, y que estuvo repleto de goles y emociones, se nos viene la imagen de un tipo con la camisa desabrochada, despeinado, al borde de quedarse sin voz, con las venas de la garganta a punto de explotar. Eso sí, aferrándose al micrófono, su instrumento indispensable para transmitir las más pasionales sensaciones. El micrófono es para el relator, lo que el oxígeno para un simple mortal. Sin el bendito aparato, la voz muere.

El relator es único, porque su tarea es inimitable. Por momentos da la sensación de ser un gremio aparte. Como si fuese el Riquelme de la transmisión. Después de él, vienen los periodistas. El comentarista, después el chico que hace vestuarios. Ahora, al menos por dos horas, el periodista que relata se disfraza de relator y punto. Es el que cuenta, describe y emociona. Para criticar, que lo haga el resto. Después en la semana, se saca el disfraz y retoma la rutina periodística, esperando con ansias el domingo para volver a interpretar a ese inmejorable personaje, diferente al resto.

Y eso que todo comenzó casi de prepo, como quién no quiere la cosa. El 2 de octubre de 1924 jugaron Argentina y Uruguay. Horacio Martínez Seeber y Atilio Casime informaron a los oyentes acerca de lo acontecido en el encuentro que ganaron los nuestros 2 a 1. La leyenda cuenta que lo hicieron informalmente, como una charla de café entre amigos. Ingenuos, ya que no tenían ni la más remota idea de lo que en aquella bendita tarde acababan de comenzar.


Más tarde, ya con un relato formalizado, apareció en acción Alfredo Aróstegui, para luego darle lugar a
Fioravanti. Después tomó la posta José María Muñoz, para hacernos delirar con el segundo gol de Kempes a Holanda en el ’78, al punto que mi abuelo, de la emoción desenfrenada, rompió una silla. No importó. Éramos campeones del mundo. Siempre que hubo un acontecimiento deportivo que pasó a ser historia pura, en ése preciso instante también hubo un relator para contarlo. Siguió Víctor Hugo, que con sus palabras nos llegó al corazón en 1986. Porque el gol de Maradona a Inglaterra en el que al mismo tiempo, relata, grita, goza, llora y recita, es para nosotros, la Quinta Sinfonía de Beethoven. Algo así.

Quiero llorar/¡Dios Santo viva el fútbol!/Maradona en recorrida memorable, en la jugada de todos los tiempos/Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste?/Para dejar en el camino a tanto inglés/Para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina”
.

Sublime. Imaginación desfachatada y hasta lunática. Porque… ¿qué es un barrilete cósmico? Tampoco interesa, si fue el barrilete que voló hacia nuestro corazón, para siempre.


Hace unos días, en Bahía Multimedios, hablé unos minutos con el charrúa más argento. No lo interrogué ni por la ley de medios, ni nada por el estilo. Sólo quería que me hable del relato. Y me dijo, “las calidades de los relatores se relacionan con el nivel cultural, la preparación y el entendimiento de la estética y de la ética: todo confluye, como en casi todas las actividades de la vida. Y cuando eso se hace con cierta magia e imaginación, con algún elemento atrapante para la persona que te escucha, podríamos hablar de un pequeño talento”. ¿Algo más que agregar?


Entonces, Fioravanti, Muñoz y Víctor Hugo, representan para el relato, lo que en sus tiempos fueron Corbatta, Bochini y Maradona dentro de una cancha de fútbol. El relato, definitivamente es un arte. No obstante, al mismo tiempo, el que relata es uno más que integra una transmisión deportiva, ya que sin el resto, no habría transmisión. Ahora, el relator es el enganche del equipo, el cantante de la banda, y hasta el payaso del circo. En definitiva, el artista de los domingos por la tarde.





jueves, 23 de septiembre de 2010

EL SUEÑO DEL PIBE

La historia de un tango hecho realidad. “Jugaré en la quinta, después en Primera. Yo sé que me espera la consagración”. Así lo canta el famoso tango, aquel que haya entonado alguna vez el mismo Maradona. Sus estrofas, son las que representan el sueño de todo futbolero. Ese que anhelamos alguna vez de pibes, y que generalmente coincidía con el del resto. Despertar en medio de un estadio repleto, vistiendo los colores del equipo de nuestros amores, y hacer el gol del triunfo en un partido cerrado. Puff, cuantas emociones en tan solo 10 minutos de siesta.

A Javier le pasaba lo mismo que a nosotros. En su pieza, todas las noches antes de dormir miraba un póster de sus ídolos, que se encontraba justo arriba de su cama. El anhelo era ser como ellos. El sonido de una futura ovación de la hinchada susurraba cotidianamente en sus oídos.

Con 16 años, como todo adolescente, vivía a las corridas. Iba a la escuela, y salía a los trotes para llegar temprano al entrenamiento. Aunque en el trajín, cierta tarde fue distinta a las demás. Fue un martes. Javier llegó al complejo como todos los días, y rápidamente se dio cuenta que algo pasaba. Estaba el técnico del primer equipo, que pasó a ver al “semillero” porque tenía algunos problemas para armar el plantel para el domingo. Igualmente, aquel hecho no sería el que más llamara la atención del jovencito, sino que un rato después, tras un picado, su entrenador le comunicó que tenía que comenzar a trabajar con la Primera. Claro, a practicar con los del póster de su habitación. Javier no lo podía creer, no corrió al baño de milagro. Las escasas palabras que salieron de la boca de su técnico, representaron en dicho instante, las más importantes de su vida. Nunca había vivido una situación similar. En la que recuerdos, desconciertos y mil y un emociones, hicieron latir de lo lindo a su corazón.

Nose en que estado emocional, pero el chico llegó a su casa después del entrenamiento. No paro un solo minuto de contarles a sus viejos con lujo de detalle, todo lo acontecido en su gloriosa tarde. Pareciera que el sueño del que hablaba aquel tango, comenzaba a jugar con la irrefutable realidad, pero todavía faltaban algunos capítulos. La felicidad de Javier desbordaba, a tal punto que no pudo pegar un ojo en toda la noche. Al otro día, tendría frente a frente a los fenómenos que veía todos los domingos desde la tribuna con su papá.

En la semana previa, realizó un buen trabajo. Pese a su andar silencioso y por demás reservado, adentro de la cancha el pibe se soltó y conformó al técnico. Sin embargo, jamás se imaginó que podía tener alguna chance de integrar el plantel que iba a jugar el domingo. Aunque nadie iba a poder quitarle la ilusión. Javier en aquella semana tenía más hambre de gloria que cualquier futbolista en el mundo. La cabeza le maquinaba constantemente. De un momento para otro, podía pasar de jugar con sus amigos y ser observado por su familia y novia, a compartir un vestuario con sus ídolos, para posteriormente ser recibido por una multitud desbordante de algarabía, con un millar de papelitos tapando el verde césped. Obviamente, la diferencia entre una situación y otra, era notoria. Pero el chico, como si nada. El contexto de semejante acontecimiento no lo achicó. E iba a dar muestras de ello.

El equipo debía viajar a Jujuy, muy lejos de casa. El entrenador pegó la hoja con los citados a la salida del vestuario. Javier, muy tímidamente, se acercó a pispiar. Primero observó a los de siempre, y cerca del final, vio su nombre. Segundo gran sofocón de la semana. El ansiado debut, ya no era una ilusión tan lejana.

Le costó dormir, aunque a esta altura, era lo de menos. Ya estaba en el baile y difícilmente se iba a bajar. Y para colmo, ante la ausencia de delanteros, el pibito fue al banco nomás. Cada pensamiento o simple ilusión futbolera a lo largo de su vida, se asemejó a ese preciso instante. Como en la siesta, tal cual.

El partido comenzó, y Javier se sentó junto a los suplentes. No pasaba nada importante, el encuentro iba empatado y aburría a todos. Hasta que a los 15, el ambiente se revolucionó. Un compañero se lesionó. Cuando el jovencito vio que los médicos hacían señas pidiendo el cambio, las piernas comenzaron a temblar. Mucho más cuando el técnico le dijo que iba a entrar. ¡Qué momento!

Y hasta que se dio cuenta donde estaba parado, pasaron varios minutos. Vivió todo lo que quedaba del primer tiempo en una nebulosa. No entendía lo que estaba pasando. Claro, hace menos de una semana, el entorno era muy distinto. Las piernas flaquitas con las medias que le pasaban largamente las rodillas, seguían temblando. El pibe de 16 años defendía una banda cruzada en el pecho. No era cualquier cosa.

El entretiempo le vino bárbaro. Tomó aire, recibió algunas palmadas de aliento de los más grandes. Al fin y al cabo no era nada de otro mundo. Solo un partido de fútbol. Importante y por el que remó toda su vida, pero un partido de fútbol. Se tranquilizó, y salió otra vez a la cancha.

La serenidad era óptima. De tal manera que solo en un cuarto de hora, el chiquilín comenzó a escribir su historia en el fútbol grande. Un pelotazo vino al área. La bajó el “9”. De repente, Javier se vio con la pelota en los pies y frente al arquero. Cerró los ojos y la cruzó fuerte. La pelota, en una decisión que derivó en una amistad eterna con el protagonista, le cumplió el deseo y entró pegadita al palo. GOL. Sí, gol del pibe que debutaba. Salió corriendo hacia el banderín del córner, se besó la camiseta, para luego revolcarse en el caluroso pasto jujeño. El simplísimo término GOL volvió a ser la expresión máxima de felicidad.

Es que el sueño del pibe estaba consumado. El partido terminó siendo empate. Solo estadística. Javier, que más tarde sería apodado “Conejo”, hizo el gol que siempre soñó. El primero, el inolvidable. El que una vieja letra de tango describió a la perfección. El que no muchos pueden llevarlo a la realidad. Aunque siempre hay algún afortunado. Como Javiercito, que repentinamente ingresó al universo futbolero del que alguna vez, muchos quisimos ser parte.


domingo, 22 de agosto de 2010

MONTECCHIA, EL PUMA MÁS TALENTOSO

Desde niños, si en la escuela primaria se repasaba detalladamente una lista de animales mamíferos, el Puma siempre fue sinónimo de rapidez, astucia y adaptación a situaciones complicadas. Más allá del significado que pueda tener para Montecchia su propio apodo, Alejandro en síntesis, aprovechó al máximo esas cualidades dentro de un rectángulo de parquet. Fue en su apogeo, actor principal de la última generación dorada del básquetbol argentino, aquella que fue subcampeona en Indianapolis 2002 y medalla de oro en Atenas 2004.

Conductor nato desde la base, pensante, de segurísimo traslado y eficaz tiro externo, el mundo del básquet le dio la bienvenida el 1 de enero de 1972. Y el Puma, para no ser menos, ya desde la cuna comenzó a “convivir” con la redonda de color anaranjado. El amor, fue a primera vista. Un auténtico flechazo que no los separaría jamás. Ni siquiera pudo alejarlos el “temido” retiro, que a algunos los aísla completamente de lo que en algún momento, representó la pasión de sus vidas. “Siempre extraño”, nos dijo Alejandro. “A veces, cuando veo los partidos, se me vienen las sensaciones que sentía cuando jugaba. Esto me va a pasar durante un buen rato porque hace poco dejé de jugar (se retiró en 2009), aunque soy conciente de la decisión que tomé. Ahora disfruto de otras cosas, como estar más tiempo con mi familia”.

Aunque los vicios, vicios son. Y si son sanos como en este caso, mucho mejor. Montecchia mismo se encargó de aclarar que el “bichito” del básquet todavía pica en su vida: “igualmente amo este deporte y no me desligo para nada. Me mantengo informado sobre todo lo que pasa. Voy seguido a la cancha a ver a Bahiense, miro los partidos de la NBA por tele y los de la Liga Española por internet”, afirmó quien hace unas semanas, dio el ok para ser parte del proyecto de Pepe Sánchez a cargo de Bahía Blanca Estudiantes, como asistente de José Luis Pisani.

Pero para que exista el final de una etapa, primero tiene que haber un punto de partida. La llamada “escuelita”, en la que se comienzan a forjar los lazos de compañerismo, respeto y amor al deporte, son la bandera de largada hacia el sueño de llegar bien lejos en la profesión. “Mis años de escuelita fueron los mejores”, aseguró el Puma. “Bahiense fue mi segunda casa. Pasaba muchas horas en el club junto a un grupo de amigos increíble. Estoy muy agradecido al club por todo lo que me brindó en esos años, que más tarde me sirvió para desarrollarme en el ámbito social y profesional. Le agradezco por darme un gran grupo de amigos, y por hacer que mi infancia sea feliz”, contestó con gestos de nostalgia Alejandro, que a su vez, no es el único que resalta la suma importancia de los clubes en la niñez, como espacios de contención y aprendizaje. Clubes (más que nada los “de barrio”), que en la actualidad son olvidados y no reciben el apoyo que realmente merecen.

Según él, su mejor año fue en Olimpia de Venado Tuerto. Pero antes, Montecchia ya había dejado su huella en Sport Club de Cañada de Gómez en donde debutó en Liga en la temporada 1989-90. Luego en el ’94 pasó a Olimpia, equipo trascendental en su carrera, ya que es aquí donde el Puma comienza a incorporarle nuevas facetas a su juego. De a poco se fue convirtiendo en un jugador más completo, para tiempo después alcanzar su mejor versión. “A Venado Tuerto llegué en el ’94, y ése mismo año perdemos la final con Independiente de Pico”, todavía se lamenta, como si el tiempo no hubiera sanado la herida. “Nuestro problema fue que éramos un equipo muy individualista. Pero para la temporada siguiente casi no vine a Bahía, en el receso me quedé allá entrenando muchísimo, me fortalecí físicamente, y ahí se dio mi explosión. Salimos campeones de la Liga y también de la Liga Sudamericana. En ésa Liga (la 1995-'96) se produjo un click en mi carrera. Fue lo que me faltaba para sobresalir, para dar un paso hacia adelante en el nivel. Maduré en lo técnico y lo táctico”.

En 1998 recaló en Boca Juniors, y un año más tarde partió hacia el viejo continente para sumarse al Reggio Calabria italiano. Tres años después pasó al Pamesa Valencia, otro equipo en el que se destacó notablemente, en el que mejoró su porcentaje de asistencias y definitivamente se transformó en un base “para el equipo”, más allá de su endiablada mano. Un año más en Italia, y tres temporadas en Regatas Corrientes, condecoraron una trayectoria impecable.

Pero claro, no quedan dudas que “su” momento en el básquet fue con la albiceleste. Ya desde su estreno en la mayor, en el Sudamericano de Maracaibo en el ’97, Montecchia y un par más, empezaron a escribir la historia más gloriosa. Al Puma se le sumaron Oberto, Ginóbili, Pepe Sánchez, y más tarde Nocioni y Scola, entre otros. En 2002 le ganaron por primera vez a un combinado de la NBA, y en 2004, se subieron a lo más alto del podio en Atenas. “Haber salido campeón olímpico con la Selección Argentina es un recuerdo que todos los días pasa por mi mente. No hay día que no piense en lo que fue eso. Además de ser lo más lindo que me pasó en 20 años de carrera, ese fue el mejor equipo que integré”.

Hoy, con el Mundial de Turquía encima, Montecchia se prepara para mirarlo desde afuera, y pese a las bajas, el ex base confía ciegamente en el equipo: “mientras Luis (Scola), ‘Chapu’ (Andrés Nocioni), ‘Fabri’ (Fabricio Oberto) sigan estando, Argentina va a seguir en los primeros planos. Transmiten confianza. No contamos con ‘Manu’ (Ginóbili), pero Argentina está con las mismas chances que con “Manu” en el plantel. En ése sentido, mientras parte de la generación que logró el oro en Atenas esté dentro de la cancha, la Selección va a seguir siendo protagonista”. ¿Y la base?, claro, lesiones, ausencias, retiros. Es todo un tema, aunque Montecchia le resta importancia. “La base está perfectamente cubierta con Pablo Prigioni. Todavía hay que ver el recambio, no hay ningún número fijo después de él, cosa que en tiempos anteriores no pasaba. Antes estaba Pepe (Sánchez) y yo. Por el momento no se ha encontrado un segundo base”.

Y para cerrar, Montecchia abrió una puerta que parecía totalmente cerrada. “No es una etapa terminada la mía como jugador aunque por ahora no quiero asumir ningún tipo de compromiso. No quiero comprometerme y después no poder cumplir al ciento por ciento. Si vuelvo, quiero ser uno más. Ir a entrenar, estar con el equipo como cualquier jugador, transmitir consejos a los más jóvenes. Por ahora no, pero me encantaría jugar en Bahiense otra vez. Es la camiseta que junto a la de la Selección verdaderamente siento, y no pediría nada a cambio”.

La ilusión de volver a verlo dentro de una cancha siempre está. Aunque por el momento, hay que conformarse con tenerlo en el banco de Estudiantes. No es poca cosa, aunque tampoco hay que engañar a nuestros sentimientos. Montecchia todavía está para alguna que otra andanza. El “Puma” más talentoso y desequilibrante, merece despedirse ante su gente. Que así sea.


viernes, 30 de julio de 2010

BETO, ÍDOLO DE TODAS LAS GENERACIONES

No todos tuvimos la impagable chance de disfrutar en vivo y en directo del talento de Alberto Pedro Cabrera. Seguramente, los que lo vieron jugar, son y serán grandes afortunados.

El “Beto”, según quienes lo conocieron, fue un referente dentro y fuera del básquetbol. Un ejemplo a seguir en innumerables aspectos. Un talento sin igual dentro de la cancha, y una persona humilde, sencilla y respetuosa en la calle. Un crack en todos los sentidos. Porque es cierto que los grandes ídolos se forjan desde la humildad y el trabajo. Es allí donde ingresan para siempre en el corazón del pueblo y en la retina de los grandes. Y Cabrera no fue la excepción a la regla.

Los nacidos en la década del ’80 lo conocimos a través del “boca en boca”, partiendo de los imborrables recuerdos que abuelos y padres, espectadores de lujo de la magia de Cabrera, nos transmitieron a lo largo de nuestra vida. El mito de “Mandrake” durante muchos años se mantuvo encendido gracias a ellos, debido a la inexistencia de imágenes que nos permitiera apreciar más detalladamente lo que el “14” en aquellos tiempos hacía en los fríos campos de baldosa (para algún desprevenido, por entonces los modernos parquet flotante ni siquiera eran un lejano sueño).

Ahora, gracias a la iniciativa de Alberto Freinquel, todas las generaciones tienen al alcance de su mano, parte de la obra del gran Beto. Hace unas semanas fui a ver “Cabrera, el mago del básquetbol” con Horacio, mi padre. Hincha de Olimpo el viejo, pero fiel nostálgico del talento del máximo referente de Estudiantes. Porque Beto era de todos, sumaba fanáticos a montones más allá de los colores de la camiseta.

Y este señor sí que era un fenómeno. Ganador por naturaleza, avasallante pese a su andar tranquilo y minucioso. Cabrera sólo hacía ruido adentro de la cancha. Los Torneos Provinciales y los Campeonatos Argentinos fueron fieles testigos de la notable capacidad de éste básquetbolista, quien en su apogeo conformó un auténtico “tridente de oro” junto a Atilio José “Lito” Fruet y José Ignacio “el Negro” De Lizaso.

Después de observar el documental, uno entiende el porque de lo que genera Cabrera hoy. Porque una avenida lleva su nombre, porque su camiseta está colgada en el Casanova. Solo con apreciar algunos de sus movimientos, cualquier principiante de básquet puede decir “el 14 de Estudiantes lee el juego como ninguno”. Adelantado tres o cuatro segundos más que el resto. Un superdotado. Un conductor de los de ahora, hace 30 años atrás.

Una jugada que observé en la película me dejó absolutamente anonadado. Creo que sólo con eso, me alcanzó y sobró para deducir que Beto la tenía clara. Cabrera avanzó ante dos rivales, a pesar de ser asediado por una marca a presión decidió tirar al aro, pero su tiro fue bloqueado. La pelota picó detrás suyo, y en una ráfaga de milésimas de segundo, mirando hacia la derecha, “Mandrake” asistió a un compañero que se encontraba debajo del vidrio y sobre la izquierda. Sí, mirando para otro lado, dejando atónitos a los dos grandotes que lo asediaban casi sin darle respiro. No fue una conversión de él, pero igual me deslumbró.

Nacido un 16 de diciembre de 1945, Beto desarrolló una carrera brillante. Hizo una vida normal, con el básquet como principal divertimento. Si hasta ni se le movió un pelo cuando en una gira con la Selección Argentina tuvo un ofrecimiento para jugar en el Real Madrid. Sencillo, familiero, maestro silencioso. Campeón Sudamericano con la Albiceleste, se cansó de ganar con el Albo, el club de sus amores.

En el documental que retrata su vida, los ya mencionados Fruet y De Lizaso, además del “Tola” Cadillac, Monachesi, Vaccaro, Meschini, Santiago, y tantos otros personajes reconocidos del básquet le rindieron homenaje al genio de Cabrera. Es que lo era. Claro, ahora comprendo porque los más grandes de la sala lagrimearon al final de la película de Beto. Seguramente, cada uno de ellos, pagaría una entrada a cualquier precio para ver, aunque sea solo una ofensiva más, al eterno “14”. Solo una más. Solo por un instante, trasladarse en el tiempo, y volver a vivir aquellas noches gloriosas del básquetbol bahiense.

El ambiente en la sala fue sensacional, único. Un silencio armonioso se extendió durante los setenta y pico de minutos que duró el film. Un silencio sincero, propio de las personas que generan admiración y un profundo respeto en el público. El cariño que se ganan los genios silenciosos, sin egos, los tipos sencillos que hoy no abundan.

Las reacciones de la gente se presentaron diversas ante el emocionante final, pero cada una de ellas partió de un indestructible sentimiento de pertenencia hacia el ídolo. Algunos aplaudieron fervientemente, otros lloraron, y hasta hubo quienes de la emoción no pudieron hacer ninguna de las dos cosas. Yo miré a mi viejo. En sus ojos vislumbré una etapa inolvidable de su vida, la nostalgia propia de alguien que vivió (en parte gracias al homenajeado) momentos imborrables. Ésa imagen, la de mi papá casi al borde de las lágrimas, hizo que en el recorrido desde el salón de la UNS hasta el auto, no se omita ni una sola palabra. Bueno, a decir verdad algún sigiloso “estuvo lindo eh” salió. Pero solamente eso. Lo demás lo guardamos dentro de nuestro corazón, para siempre. Los dos sabemos bien lo que vivimos esa fría tarde de mayo. En ésa grisácea tarde, en la que tuve mi primer contacto con Cabrera en su máximo esplendor.

Emociones, recuerdos, nostalgia y básquet del bueno. Las cuatro paredes de la sala se llenaron de todo eso, además de sentir el espíritu de “Mandrake” merodeando por ahí. Un documental necesario para todos aquellos que no pudimos disfrutar de los hombres que hicieron reconocido en todo el país a Bahía y su deporte más preciado.

Algunos no te conocimos, ni te disfrutamos adentro de una cancha. No importa. A los grandes no hace falta verlos en persona. Se los siente a través del pueblo. Con eso alcanza. Gracias por todo Beto. Gracias por ser ídolo de todas las generaciones.

viernes, 9 de julio de 2010

FERRO, EL GRANDE QUE NO FUE

Ferro Carril Oeste, un club de barrio que supo ser ejemplo en la década de los ’80 por su calidad dirigencial y logros deportivos, que actualmente se encuentra sumergido en una profunda crisis. Una humilde institución que cortó con la hegemonía de los más poderosos. Una historia marcada a base de grandes triunfos, pero también con un sinfín de golpes bajos en el trayecto. Una pasión surgida en el corazón del barrio de Caballito y bien teñida de verde. Típico ejemplo que revela que en ciertos casos, el pasado sí que fue mejor.

Si en cualquier café porteño se da pie a una charla futbolera, y más si el tema en cuestión es repasar algunos de los clubes que marcaron una época, Ferro y los ’80 son dos gotas de agua. Un club bien de barrio fundado el 28 de julio de 1904 por 95 empleados del ferrocarril, que se reunieron en una asamblea y decidieron nuclearse para jugar al fútbol. Así comenzaba la historia de Ferro Carril Oeste, los Verdolagas.

En los inicios, y después de probar con varios colores en su camiseta, fue a partir de 1909 cuando se adoptó el tradicional verde. ¿Porqué el verde? Verde como símbolo de esperanza, ya que abundaban los malos resultados. Y así, ya con la vestimenta que lo identificaría con el paso de los años, el equipo cambió el curso de su suerte y en 1912 comienza a ser noticia al lograr el ascenso a la Primera División. También en el '31 Ferro dijo presente en un hecho histórico, al ser uno de los pioneros del nacimiento del profesionalismo en el fútbol argentino. Éstos son solo datos que avalan la importancia de dicha institución, que además a lo largo de los años cedió grandes futbolistas a la Selección Nacional tal es el caso de Jaime Sarlanga, Silvio Marzolini, Antonio Roma, Gerónimo Saccardi, Oscar Garré, Alberto Márcico, Héctor Cúper y Roberto Fabián Ayala, entre otros.

Pero a pesar de algunas aceptables campañas, Ferro siempre se caracterizó por pelear en las últimas posiciones, hasta 1981. El subcampeonato obtenido en dicha temporada vio surgir al mejor Ferro, que impuso presencia y estilo en un fútbol siempre competitivo como el argentino. Ganó títulos y despachó a los equipos con mayor historia y poderío. Ése cambio que la entidad verde impuso a comienzos de la década del 80’, fue una de las principales causas que marcó el final del lirismo en el que se sumergía el fútbol argentino desde fines de los años ’60. La política futbolística se caracterizó por volver a las fuentes, es decir, formar un equipo con mayoría de pibes surgidos de la cantera y desarrollar un juego más vistoso y de ataque, luego del periodo en el que las técnicas defensivas implementadas luego del mundial de Suecia 1958 se apoderaron del fútbol doméstico.

La llegada de Carlos Timoteo Griguol a Ferro hizo mucho ruido, ya que el estilo que caracterizó a sus equipos fue la carta más importante para llegar a lo más alto. El Viejo armó una auténtica maquinita. Sus equipos no lucían, pero eran sumamente efectivos y ordenados.


Y en cuanto al ámbito institucional, todo marchaba sobre rieles. Una de las claves de la evolución del club fue respaldar a las divisiones inferiores, como también contar con un grupo dirigencial comprometido con la causa, encabezado por Santiago Leyden. El presidente logró mantener una política austera y responsable que caracterizó a esa época de Ferro, en contraposición a las administraciones de los conjuntos denominados "grandes", quienes en busca de jugadores de renombre para situarse en los primeros planos, embargaron su futuro. Argentina en aquellos años sufría una gran crisis económica, principalmente recién finalizado el Gobierno Militar, en donde el deterioro político y económico llevó a Boca y a River por ejemplo, a tener que desprenderse de sus máximas figuras para saldar sus deudas. Diego Armando Maradona partió al Barcelona, Ramón Díaz al Napoli y Daniel Alberto Passarella a la Fiorentina, respectivamente.


En contrapartida y ante tanta miseria, Ferro Carril Oeste se salió del molde destacándose en una época en la que en el país casi no existían procesos serios a largo plazo encaminados al bien común. Los Verdolagas en tiempos de vacas flacas se quedaron con el Nacional de 1982 y el de 1984, en éste último venciendo en la primera final a River por 3 a 0 en el mismísimo Monumental. Gerónimo Cacho Saccardi, Carlos y Héctor Arregui, Héctor Cúper, Oscar Garré, Juan Rocchia y Alberto José Márcico, más conocido como Beto, fueron algunos de los baluartes de un equipo que marcó el comienzo de una nueva era en el fútbol argentino. La de la táctica por encima de los nombres, que tuvo su punto cumbre en México '86 de la mano de Carlos Salvador Bilardo.


Ferro por entonces, llegó a la increíble suma de 48.000 socios, además de contar con uno de los estadios más cómodos del país, el “Arquitecto Ricardo Etcheverry”. “Ese Ferro campeón es inigualable. Hoy sería mucho más difícil lograr lo que nosotros hicimos. Con la cuestión de las ventas todo lo complica. El ejemplo de Ferro en los ’80 es el reflejo de los trabajos a largo plazo, cosa que no se respeta en la Argentina de hoy”, dijo alguna vez Griguol. Juan Rocchia, por su parte agregó que “el éxito de ese Ferro se basaba fundamentalmente en lo que pretendía Griguol y en la preparación física. Todos los equipos hacían pretemporada, pero como la nuestra ninguno, a veces eran hasta dos pretemporadas por año, cosa que se copió más tarde. Eso repercutía mayormente en los segundos tiempos. Y el respeto y la seriedad en el trabajo eran nuestros pilares”.

Y Ferro sí que fue la excepción a la regla en la Argentina de los '80. El domino verde no solo se vio reflejado en el fútbol, sino que los títulos y galardones llegaron también en el voley logrando cuatro dobletes consecutivos en la Liga Nacional y en el Campeonato Sudamericano (1986, ’87, ’88 y ‘89). Y en básquetbol lo mismo: tres Ligas Nacionales (1985, ’86 y ‘89) y tres Campeonatos Sudamericanos (1981, ’82 y ‘87) con Miguel Ángel Cortijo como una de sus máximas figuras y dirigido técnicamente por un revolucionario del deporte de la anaranjada en nuestro país, propulsor de la Liga Nacional, León Najnudel. Ferro, sin dudas, era cosa seria.

Aunque a pesar de tantos festejos y epopeyas deportivas, pegada a la mejor etapa de Ferro de su historia llegó la peor, la impensada. Los años ’90 fueron los que le arrebataron a los de Caballito “la fórmula del club ideal”. Las finanzas comenzaron a flaquear, los socios cada vez eran menos y la inflación arrasaba al país. El período de decadencia de Ferro originado por una sumatoria de malas administraciones, se resume con el peso de los números. En 1981 eran 48.000 socios. Hoy son sólo 12.800 (9.800 activos y 3.000 vitalicios). Además, en los buenos años se formaban largas colas para anotar a los niños en las famosas colonias "Vacaciones Alegres", que superaban los 8.500 inscriptos, mientras que en la última colonia de verano apenas hubo 1.500. En los años dorados los balances siempre cerraban y las obras en el club se multiplicaban. Hoy no hay margen para las obras, y la palabra “pasivo” merodea cotidianamente en los pasillos de la institución.


Con esa realidad económica Ferro tuvo que luchar contra viento y marea para permanecer en la elite del fútbol nacional, hasta decretarse el inevitable descenso en el año 2000. Pero no alcanzó con eso, ya que al año siguiente de la B Nacional cayó a la B Metropolitana, la tercera categoría del fútbol argentino. Los festejos no volvieron hasta el 2003 en donde después de mucho sufrimiento y lágrimas derramadas, el verde pudo retornar al segundo escalafón, siendo éste un pequeño consuelo después de 13 años plagados de derrotas deportivas, y de las otras…

“Cuando Ferro bajó las dos categorías estaba muy triste, me dolía muchísimo. Ahora al menos se pudo mantener en la B Nacional, y quizás dentro de poco pueda retornar a Primera, porque su historia lo indica, y porque su gente lo merece” declaró hace un tiempo el “Beto” Alberto José Márcico, el último ídolo que tubo la institución. Y agregó que “el club todavía está muy lejos de ser el que fue”.

Muchos intentaron encontarle una respuesta al porque del declive de Ferro. Un club que fue un verdadero ejemplo, no solo para el deporte local, sino que fue conocido y admirado sin límite de fronteras. Una institución que, como muchas otras, la realidad del país lo tocó de cerca y le dio la espalda. Lejos están aquellos tiempos en los que solo el equipo se preocupaba por ganar. Ahora los dirigentes del verde luchan por “seguir jugando”, y a paso lento pero andar al fin, Ferro va encaminándose hacia un futuro auspicioso. Parece que el peor zofocón ya pasó. No queda otra que mirar hacia adelante y dejar de lamentarse por lo que pudo haber sido y finalmente no fue, “el grande que no fue”. Los títulos ya no están, pero la pasión sigue latente, a flor de piel. En el barrio de Caballito, hay un gigante dormido llamado Ferro Carril Oeste. ¿Despertará algún día?