viernes, 30 de julio de 2010

BETO, ÍDOLO DE TODAS LAS GENERACIONES

No todos tuvimos la impagable chance de disfrutar en vivo y en directo del talento de Alberto Pedro Cabrera. Seguramente, los que lo vieron jugar, son y serán grandes afortunados.

El “Beto”, según quienes lo conocieron, fue un referente dentro y fuera del básquetbol. Un ejemplo a seguir en innumerables aspectos. Un talento sin igual dentro de la cancha, y una persona humilde, sencilla y respetuosa en la calle. Un crack en todos los sentidos. Porque es cierto que los grandes ídolos se forjan desde la humildad y el trabajo. Es allí donde ingresan para siempre en el corazón del pueblo y en la retina de los grandes. Y Cabrera no fue la excepción a la regla.

Los nacidos en la década del ’80 lo conocimos a través del “boca en boca”, partiendo de los imborrables recuerdos que abuelos y padres, espectadores de lujo de la magia de Cabrera, nos transmitieron a lo largo de nuestra vida. El mito de “Mandrake” durante muchos años se mantuvo encendido gracias a ellos, debido a la inexistencia de imágenes que nos permitiera apreciar más detalladamente lo que el “14” en aquellos tiempos hacía en los fríos campos de baldosa (para algún desprevenido, por entonces los modernos parquet flotante ni siquiera eran un lejano sueño).

Ahora, gracias a la iniciativa de Alberto Freinquel, todas las generaciones tienen al alcance de su mano, parte de la obra del gran Beto. Hace unas semanas fui a ver “Cabrera, el mago del básquetbol” con Horacio, mi padre. Hincha de Olimpo el viejo, pero fiel nostálgico del talento del máximo referente de Estudiantes. Porque Beto era de todos, sumaba fanáticos a montones más allá de los colores de la camiseta.

Y este señor sí que era un fenómeno. Ganador por naturaleza, avasallante pese a su andar tranquilo y minucioso. Cabrera sólo hacía ruido adentro de la cancha. Los Torneos Provinciales y los Campeonatos Argentinos fueron fieles testigos de la notable capacidad de éste básquetbolista, quien en su apogeo conformó un auténtico “tridente de oro” junto a Atilio José “Lito” Fruet y José Ignacio “el Negro” De Lizaso.

Después de observar el documental, uno entiende el porque de lo que genera Cabrera hoy. Porque una avenida lleva su nombre, porque su camiseta está colgada en el Casanova. Solo con apreciar algunos de sus movimientos, cualquier principiante de básquet puede decir “el 14 de Estudiantes lee el juego como ninguno”. Adelantado tres o cuatro segundos más que el resto. Un superdotado. Un conductor de los de ahora, hace 30 años atrás.

Una jugada que observé en la película me dejó absolutamente anonadado. Creo que sólo con eso, me alcanzó y sobró para deducir que Beto la tenía clara. Cabrera avanzó ante dos rivales, a pesar de ser asediado por una marca a presión decidió tirar al aro, pero su tiro fue bloqueado. La pelota picó detrás suyo, y en una ráfaga de milésimas de segundo, mirando hacia la derecha, “Mandrake” asistió a un compañero que se encontraba debajo del vidrio y sobre la izquierda. Sí, mirando para otro lado, dejando atónitos a los dos grandotes que lo asediaban casi sin darle respiro. No fue una conversión de él, pero igual me deslumbró.

Nacido un 16 de diciembre de 1945, Beto desarrolló una carrera brillante. Hizo una vida normal, con el básquet como principal divertimento. Si hasta ni se le movió un pelo cuando en una gira con la Selección Argentina tuvo un ofrecimiento para jugar en el Real Madrid. Sencillo, familiero, maestro silencioso. Campeón Sudamericano con la Albiceleste, se cansó de ganar con el Albo, el club de sus amores.

En el documental que retrata su vida, los ya mencionados Fruet y De Lizaso, además del “Tola” Cadillac, Monachesi, Vaccaro, Meschini, Santiago, y tantos otros personajes reconocidos del básquet le rindieron homenaje al genio de Cabrera. Es que lo era. Claro, ahora comprendo porque los más grandes de la sala lagrimearon al final de la película de Beto. Seguramente, cada uno de ellos, pagaría una entrada a cualquier precio para ver, aunque sea solo una ofensiva más, al eterno “14”. Solo una más. Solo por un instante, trasladarse en el tiempo, y volver a vivir aquellas noches gloriosas del básquetbol bahiense.

El ambiente en la sala fue sensacional, único. Un silencio armonioso se extendió durante los setenta y pico de minutos que duró el film. Un silencio sincero, propio de las personas que generan admiración y un profundo respeto en el público. El cariño que se ganan los genios silenciosos, sin egos, los tipos sencillos que hoy no abundan.

Las reacciones de la gente se presentaron diversas ante el emocionante final, pero cada una de ellas partió de un indestructible sentimiento de pertenencia hacia el ídolo. Algunos aplaudieron fervientemente, otros lloraron, y hasta hubo quienes de la emoción no pudieron hacer ninguna de las dos cosas. Yo miré a mi viejo. En sus ojos vislumbré una etapa inolvidable de su vida, la nostalgia propia de alguien que vivió (en parte gracias al homenajeado) momentos imborrables. Ésa imagen, la de mi papá casi al borde de las lágrimas, hizo que en el recorrido desde el salón de la UNS hasta el auto, no se omita ni una sola palabra. Bueno, a decir verdad algún sigiloso “estuvo lindo eh” salió. Pero solamente eso. Lo demás lo guardamos dentro de nuestro corazón, para siempre. Los dos sabemos bien lo que vivimos esa fría tarde de mayo. En ésa grisácea tarde, en la que tuve mi primer contacto con Cabrera en su máximo esplendor.

Emociones, recuerdos, nostalgia y básquet del bueno. Las cuatro paredes de la sala se llenaron de todo eso, además de sentir el espíritu de “Mandrake” merodeando por ahí. Un documental necesario para todos aquellos que no pudimos disfrutar de los hombres que hicieron reconocido en todo el país a Bahía y su deporte más preciado.

Algunos no te conocimos, ni te disfrutamos adentro de una cancha. No importa. A los grandes no hace falta verlos en persona. Se los siente a través del pueblo. Con eso alcanza. Gracias por todo Beto. Gracias por ser ídolo de todas las generaciones.

viernes, 9 de julio de 2010

FERRO, EL GRANDE QUE NO FUE

Ferro Carril Oeste, un club de barrio que supo ser ejemplo en la década de los ’80 por su calidad dirigencial y logros deportivos, que actualmente se encuentra sumergido en una profunda crisis. Una humilde institución que cortó con la hegemonía de los más poderosos. Una historia marcada a base de grandes triunfos, pero también con un sinfín de golpes bajos en el trayecto. Una pasión surgida en el corazón del barrio de Caballito y bien teñida de verde. Típico ejemplo que revela que en ciertos casos, el pasado sí que fue mejor.

Si en cualquier café porteño se da pie a una charla futbolera, y más si el tema en cuestión es repasar algunos de los clubes que marcaron una época, Ferro y los ’80 son dos gotas de agua. Un club bien de barrio fundado el 28 de julio de 1904 por 95 empleados del ferrocarril, que se reunieron en una asamblea y decidieron nuclearse para jugar al fútbol. Así comenzaba la historia de Ferro Carril Oeste, los Verdolagas.

En los inicios, y después de probar con varios colores en su camiseta, fue a partir de 1909 cuando se adoptó el tradicional verde. ¿Porqué el verde? Verde como símbolo de esperanza, ya que abundaban los malos resultados. Y así, ya con la vestimenta que lo identificaría con el paso de los años, el equipo cambió el curso de su suerte y en 1912 comienza a ser noticia al lograr el ascenso a la Primera División. También en el '31 Ferro dijo presente en un hecho histórico, al ser uno de los pioneros del nacimiento del profesionalismo en el fútbol argentino. Éstos son solo datos que avalan la importancia de dicha institución, que además a lo largo de los años cedió grandes futbolistas a la Selección Nacional tal es el caso de Jaime Sarlanga, Silvio Marzolini, Antonio Roma, Gerónimo Saccardi, Oscar Garré, Alberto Márcico, Héctor Cúper y Roberto Fabián Ayala, entre otros.

Pero a pesar de algunas aceptables campañas, Ferro siempre se caracterizó por pelear en las últimas posiciones, hasta 1981. El subcampeonato obtenido en dicha temporada vio surgir al mejor Ferro, que impuso presencia y estilo en un fútbol siempre competitivo como el argentino. Ganó títulos y despachó a los equipos con mayor historia y poderío. Ése cambio que la entidad verde impuso a comienzos de la década del 80’, fue una de las principales causas que marcó el final del lirismo en el que se sumergía el fútbol argentino desde fines de los años ’60. La política futbolística se caracterizó por volver a las fuentes, es decir, formar un equipo con mayoría de pibes surgidos de la cantera y desarrollar un juego más vistoso y de ataque, luego del periodo en el que las técnicas defensivas implementadas luego del mundial de Suecia 1958 se apoderaron del fútbol doméstico.

La llegada de Carlos Timoteo Griguol a Ferro hizo mucho ruido, ya que el estilo que caracterizó a sus equipos fue la carta más importante para llegar a lo más alto. El Viejo armó una auténtica maquinita. Sus equipos no lucían, pero eran sumamente efectivos y ordenados.


Y en cuanto al ámbito institucional, todo marchaba sobre rieles. Una de las claves de la evolución del club fue respaldar a las divisiones inferiores, como también contar con un grupo dirigencial comprometido con la causa, encabezado por Santiago Leyden. El presidente logró mantener una política austera y responsable que caracterizó a esa época de Ferro, en contraposición a las administraciones de los conjuntos denominados "grandes", quienes en busca de jugadores de renombre para situarse en los primeros planos, embargaron su futuro. Argentina en aquellos años sufría una gran crisis económica, principalmente recién finalizado el Gobierno Militar, en donde el deterioro político y económico llevó a Boca y a River por ejemplo, a tener que desprenderse de sus máximas figuras para saldar sus deudas. Diego Armando Maradona partió al Barcelona, Ramón Díaz al Napoli y Daniel Alberto Passarella a la Fiorentina, respectivamente.


En contrapartida y ante tanta miseria, Ferro Carril Oeste se salió del molde destacándose en una época en la que en el país casi no existían procesos serios a largo plazo encaminados al bien común. Los Verdolagas en tiempos de vacas flacas se quedaron con el Nacional de 1982 y el de 1984, en éste último venciendo en la primera final a River por 3 a 0 en el mismísimo Monumental. Gerónimo Cacho Saccardi, Carlos y Héctor Arregui, Héctor Cúper, Oscar Garré, Juan Rocchia y Alberto José Márcico, más conocido como Beto, fueron algunos de los baluartes de un equipo que marcó el comienzo de una nueva era en el fútbol argentino. La de la táctica por encima de los nombres, que tuvo su punto cumbre en México '86 de la mano de Carlos Salvador Bilardo.


Ferro por entonces, llegó a la increíble suma de 48.000 socios, además de contar con uno de los estadios más cómodos del país, el “Arquitecto Ricardo Etcheverry”. “Ese Ferro campeón es inigualable. Hoy sería mucho más difícil lograr lo que nosotros hicimos. Con la cuestión de las ventas todo lo complica. El ejemplo de Ferro en los ’80 es el reflejo de los trabajos a largo plazo, cosa que no se respeta en la Argentina de hoy”, dijo alguna vez Griguol. Juan Rocchia, por su parte agregó que “el éxito de ese Ferro se basaba fundamentalmente en lo que pretendía Griguol y en la preparación física. Todos los equipos hacían pretemporada, pero como la nuestra ninguno, a veces eran hasta dos pretemporadas por año, cosa que se copió más tarde. Eso repercutía mayormente en los segundos tiempos. Y el respeto y la seriedad en el trabajo eran nuestros pilares”.

Y Ferro sí que fue la excepción a la regla en la Argentina de los '80. El domino verde no solo se vio reflejado en el fútbol, sino que los títulos y galardones llegaron también en el voley logrando cuatro dobletes consecutivos en la Liga Nacional y en el Campeonato Sudamericano (1986, ’87, ’88 y ‘89). Y en básquetbol lo mismo: tres Ligas Nacionales (1985, ’86 y ‘89) y tres Campeonatos Sudamericanos (1981, ’82 y ‘87) con Miguel Ángel Cortijo como una de sus máximas figuras y dirigido técnicamente por un revolucionario del deporte de la anaranjada en nuestro país, propulsor de la Liga Nacional, León Najnudel. Ferro, sin dudas, era cosa seria.

Aunque a pesar de tantos festejos y epopeyas deportivas, pegada a la mejor etapa de Ferro de su historia llegó la peor, la impensada. Los años ’90 fueron los que le arrebataron a los de Caballito “la fórmula del club ideal”. Las finanzas comenzaron a flaquear, los socios cada vez eran menos y la inflación arrasaba al país. El período de decadencia de Ferro originado por una sumatoria de malas administraciones, se resume con el peso de los números. En 1981 eran 48.000 socios. Hoy son sólo 12.800 (9.800 activos y 3.000 vitalicios). Además, en los buenos años se formaban largas colas para anotar a los niños en las famosas colonias "Vacaciones Alegres", que superaban los 8.500 inscriptos, mientras que en la última colonia de verano apenas hubo 1.500. En los años dorados los balances siempre cerraban y las obras en el club se multiplicaban. Hoy no hay margen para las obras, y la palabra “pasivo” merodea cotidianamente en los pasillos de la institución.


Con esa realidad económica Ferro tuvo que luchar contra viento y marea para permanecer en la elite del fútbol nacional, hasta decretarse el inevitable descenso en el año 2000. Pero no alcanzó con eso, ya que al año siguiente de la B Nacional cayó a la B Metropolitana, la tercera categoría del fútbol argentino. Los festejos no volvieron hasta el 2003 en donde después de mucho sufrimiento y lágrimas derramadas, el verde pudo retornar al segundo escalafón, siendo éste un pequeño consuelo después de 13 años plagados de derrotas deportivas, y de las otras…

“Cuando Ferro bajó las dos categorías estaba muy triste, me dolía muchísimo. Ahora al menos se pudo mantener en la B Nacional, y quizás dentro de poco pueda retornar a Primera, porque su historia lo indica, y porque su gente lo merece” declaró hace un tiempo el “Beto” Alberto José Márcico, el último ídolo que tubo la institución. Y agregó que “el club todavía está muy lejos de ser el que fue”.

Muchos intentaron encontarle una respuesta al porque del declive de Ferro. Un club que fue un verdadero ejemplo, no solo para el deporte local, sino que fue conocido y admirado sin límite de fronteras. Una institución que, como muchas otras, la realidad del país lo tocó de cerca y le dio la espalda. Lejos están aquellos tiempos en los que solo el equipo se preocupaba por ganar. Ahora los dirigentes del verde luchan por “seguir jugando”, y a paso lento pero andar al fin, Ferro va encaminándose hacia un futuro auspicioso. Parece que el peor zofocón ya pasó. No queda otra que mirar hacia adelante y dejar de lamentarse por lo que pudo haber sido y finalmente no fue, “el grande que no fue”. Los títulos ya no están, pero la pasión sigue latente, a flor de piel. En el barrio de Caballito, hay un gigante dormido llamado Ferro Carril Oeste. ¿Despertará algún día?