jueves, 19 de julio de 2012

FONTANARROSA, ROSARIO CENTRAL Y LA PALOMITA DE POY

Aquel mítico gol de Poy a Newell’s, motivó al inolvidable escritor y humorista rosarino e hincha de Central hasta la médula, Roberto Fontanarrosa, a escribir un cuento de ficción llamado "19 de diciembre de 1971" (fecha del recordado partido, en el que Central venció a Newell's, por las semifinales del Nacional). El mismo, fue publicado en 1982, en el libro "Area 18".

Si bien la historia es de ficción, el partido de fútbol entre los eternos rivales rosarinos fue real, y se disputó en la cancha de River, con el resultado final 1 a 0 favorable a Central gracias a la recordada “palomita” de Aldo Pedro Poy, tal como lo describe la mencionada obra de Fontanarrosa.

El cuento humorístico/dramático, trata la historia de un hombre, “el Viejo Casale”, el cual jamás en su vida había visto perder a Rosario Central en un clásico ante Newell's. Ante la importancia del partido de la semifinal de 1971, un grupo de amigos del hijo de Casale decide invitarlo a que concurra al estadio a presenciar el trascendente encuentro ante el rival de toda la vida.

Éste grupo pensaba que la presencia del Viejo le traería suerte a Central, debido a su favorable historial ante La Lepra (nunca lo había visto perder). Al hacerlo, Casale se niega rotundamente y aduce enfermedades del corazón que le impedían concurrir a la cancha desde hacía más de dos años. Ante la negativa, dicho grupo de centralistas decide planear un secuestro y así, llevar engañado a Casale al Monumental.

El cuento describe todo el viaje a Buenos Aires de Casale con los hinchas de Rosario Central, y las escenas más significativas del partido, incluido el gol de palomita de Poy, quizás el más importante de la historia Canalla (o Canaya, como lo inmortalizó el Negro).

La historia finaliza con la muerte de Casale a causa de un paro cardíaco (producto de la gran emoción), luego del pitazo final del árbitro y la victoria por 1 a 0, ante el rival de siempre, que le dio el pase a Central a la final del Campeonato Nacional.

“¡La cara de felicidad de ese viejo, hermano, la locura de alegría en la cara de ese viejo! ¡Que alguien me diga si lo vio llorar abrazado a todos como lo vi llorar yo a ese viejo, que te puedo asegurar que ese día fue para ese viejo, el día más feliz de su vida, pero lejos lejos, el día más feliz de su vida, porque te juro que la alegría que tenía ese viejo era algo impresionante!

Y cuando lo vi caerse al suelo como fulminado por un rayo, porque quedó seco el pobre viejo, un poco que todos pensamos; “¡qué importa!” ¡Qué más quería que morir así ese hombre! ¡Esa es la manera de morir para un canalla! ¿Iba a seguir viviendo? ¿Para qué? ¿Para vivir dos o tres años rasposos más, así como estaba viviendo, adentro de un ropero, basureado por la esposa y toda la familia? ¡Más vale morirse así, hermano! Se murió saltando, feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con la alegría de haberle ganado a la lepra por el resto de los siglos! ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa”.

A 5 años de la partida del querido y virtuoso Negro Fontanarrosa, porque no podemos ni queremos despegarnos del fútbol, lo imaginamos, como siempre, en cualquier parte de la estratosfera, creando historias futboleras o, simplemente, gritando un gol de su Rosario Central.



viernes, 29 de junio de 2012

INVENTE DELPO, INVENTE: US OPEN 2009

Mi obligación es sincerarme. La frase del título la suelo utilizar para referirme a Riquelme, mi debilidad futbolística. Pero el 14 de septiembre de 2009, los halagos los saqué del frasco de Román para situarlos por un momento en el del tandilense Juan Martín Del Potro. Riquelme no tuvo problemas en prestárselos por un rato. Ése día, la Torre conquistó su primer Grand Slam batiendo al suizo Roger Federer, para más de un conocedor de la disciplina, el mejor tenista de todos los tiempos.

El partido fue fantástico, de los históricos, que al fin y al cabo son los que ingresan y permanecen para siempre en la retina de los grandes acontecimientos del deporte mundial. 3-6, 7-6, 4-6, 7-6 y 6-2 fue la victoria de Delpo, que de esa manera se convirtió en el primer latinoamericano en subirse a lo más alto del podio en Flushing Meadows, después de Guillermo Vilas.

Siempre nos costó el cemento, una superficie, por tradición y recursos, esquiva para los argentinos. No obstante, Del Potro hizo fácil lo difícil. Cuando el US Open se presentaba como una utopía para nuestra Legión, con el tandilense volvimos a creer. A Nadal lo pasó por arriba en semis con un apabullante triple 6-2, colchón de confianza suficiente para soñar a lo grande e ir por la hazaña ante el gran suizo. Estuvo cerca (muy cerca) de batirlo ése mismo año en las semifinales de Roland Garros, aunque se le escapó por poco. Claro está, los grandes llevan consigo un plus, una sustancia de un científico aún no reconocido, que los hace reponerse cuando no están en su día o bien, cuando el trámite se presenta más complicado de lo normal. En aquella vuelta en París a Roger le alcanzó. En Nueva York, algunos meses después, no.

El primer set fue íntegramente para Federer, que dominó a su gusto los tiempos y no le permitió al argentino sacar a relucir el sólido andar que lo llevó al partido decisivo. El segundo parcial pintaba igual. Pero no. Del Potro caía 1-3, y se recuperó de forma asombrosa, como sí le sobrara experiencia a montones. La remó desde abajo y consiguió su recompensa, a base de esfuerzo y tremendos palazos (lo ganó 7-6).

El tercero fue 6-3 en favor del gran Roger. Salí de la radio rápido para llegar a casa y ver el cuarto set. Fui caminando, casi al trote, al mismo tiempo que me informaba por Radio Mitre en el programa de Nelson Castro como transcurría el partido. Cuando Federer se puso 6-5 arriba recuerdo que dijeron "al argentino le queda poca vida". Un insulto al aire obligado. Era sabido que el rival que Del Potro tenía enfrente es demasiado bueno, pero uno tiende a confíar en lo nuestro. Siempre. Y más al ser argentino. Porque el argentino suele sacar fuerzas en las difíciles. Y Delpo lo hizo. Levantó el cuarto, lo ganó 7-6, y luego dio cátedra en el quinto y último set: ¡6-2, palazo y a la bolsa!.

Federer, anonadado, incrédulo como pocas veces en su intachable trayectoria, no pudo aferrarse al sexto título consecutivo en los Estados Unidos. Una Torre pintada de albiceleste y proveniente de Tandil, copó la parada. El amor propio que hizo que el genial Roger Federer no fuera por enésima vez el mejor. Porque se topó con una Torre, que ésa noche, en ese instante único e irrepetible, fue imposible de derrumbar.






jueves, 10 de mayo de 2012

EL ÚLTIMO REY LEÓN AMERICANO


Estudiantes, equipo históricamente acostumbrado a las hazañas, actualmente vive inmerso en la mediocridad futbolística. Hace un par de campeonatos que dejó de ser el León de otros tiempos y, si bien inició con todo el presente Clausura, se cayó con el correr de los partidos. Éste recuerdo, no tan lejano, es bipolar al presente. Pasado cercano lleno de epopeyas, que inmortalizó a Once Leones que alzaron la Copa Libertadores en Brasil. Fiel al estilo copero de los Pincharratas.

Estudiantes de La Plata tocó el cielo americano con las manos en cuatro oportunidades. La última en 2009, tras vencer como visitante 2 a 1 al Cruzeiro brasilero. Esa noche, el Pincha fue mística, buen juego y corazón. Se remontó a los años de Zubeldía, Bilardo, la Bruja Verón y compañía, ya que después del tricampeonato a fines de los ’60, hubo que esperar 39 años hasta que el León volvió a subirse al máximo escalafón del continente.

La noche del 15 de julio de 2009 acobijó los sueños de la mitad de la Ciudad de las Diagonales. Fantasías que se hicieron realidad, y que regresaron a 1 y 57 para sentir la gloria de cerca. El conjunto de Sabella más que León fue Torazo en rodeo ajeno al consagrarse en el mítico Mineirao.

Y eso que la parada era sumamente complicada. Tras el 0-0 de la ida, se vislumbraba un estadio Azulao convertido en caldera. Y así fue, un infierno azul. Pero más allá del inmenso y amenazante entorno, los platenses no se iban a echar atrás. Argentos de pura cepa.


Como en todo el campeonato, Estudiantes sustentó las bases del triunfo en su sólida defensa, siempre bien resguardada (sólo recibió dos goles en el trayecto de octavos de final a la serie decisiva, con los dos partidos frente a Cruzeiro inclusive). La incorporación del Flaco Schiavi para las semifinales ante Nacional de Uruguay (debido a las lesiones de Alayes y Angeleri) resultó ser una solución para el equipo, acoplándose a la perfección a la zaga central junto al Chavo Desabato. La defensa de Estudiantes, más allá de algún intento aislado de Wellington ó Kléber, no pasó sobresaltos, aspecto fundamental para partidos definitorios y en canchas complicadas.

Verón estuvo soberbio, la Gata Fernández incisivo y determinante, y Boselli, sana costumbre, constantemente al acecho. Braña le hizo honor al apodo de Estudiantes, fue el León que se necesita en las finales. El primer tiempo se cerró sin goles: paridad absoluta.

En el complemento, la Brujita siguió siendo fundamental; el equipo descansó en su talento. No obstante, más allá del dominio territorial y de posesión de los argentinos, un baldazo de agua fría tempranero, congeló por un instante los sueños pincharratas. Rápidamente, a los 6, en una acción aislada, un remate de afuera del área de Henrique se desvió en Desabato y no alcanzó Andújar, para de ésa manera marcar la apertura.

Fue el momento más crítico de la serie. Es sabido que los brasileños cuando se sacan presiones, se agrandan a pasos agigantados. Empiezan los firuletes y acrobacias, que en cualquier momento terminan con goleada. Pero duró poco. Estudiantes hizo que la pequeña mancha no empañe una actuación colosal y consagratoria. Equipo terco por excelencia, no le hizo caso a la lógica.

Los de Sabella siguieron igual, con esa mentalidad ganadora tan característica, la de nunca sentirse menos que nadie. Y mal no les fue. Sólo 6 minutos después, Verón abrió hacia la derecha para la subida de Cellay, éste llegó al fondo y sacó un centro por bajo que capturó Gastón Fernández para el empate. En un puñado de minutos, el Pincha otra vez estaba en partido.

Y Estudiantes siguió yendo. Claro, únicamente en las finales no existe la ventaja del gol de visitante. Por eso el tema no quedó ahí. El corajudo equipo platense tenía un cartucho más para gastar y no iba a desaprovecharlo. Minuto 27, córner, centro venenoso de la Brujita que encontró la testa de Boselli. El ex Boca ganó en la azotea, un cabezazo a quemarropa que se convirtió el gol más importante de su carrera. Fue el gol de la consagración. Estudiantes mostró personalidad, carácter para ganar finales: 2-1 y campeón.

La claridad distintiva de Verón, la garra del Chapu Braña, los goles de Boselli, las manos de Andújar. El Pincha fue un justo ganador de la edición 50 de la Libertadores, la copa que quieren ganar todos.

Ni Libertad, Defensor y Nacional. Ni siquiera el mismísimo Cruzeiro en Brasil pudo detener la marcha de Estudiantes hacia una nueva hazaña continental. Del gol del pibe Lentini ante Sporting Cristal con Astrada todavía de técnico, decisivo para clasificar a la fase de grupos, hasta el consolidado armado de Alejandro Sabella, en el título que lo consagró como entrenador.

Luego sería el único equipo argentino que jugó un partido oficial ante el Barça de Pep, en la final del Mundial de Clubes. Perdió 2 a 1 con un gol de Messi en suplementario. Acarició otra hazaña. Como la vez de Belo Horizonte. La noche en que el Rey León rugió más que nunca y se adueñó de América. Fiel a su esencia, dispar al momento actual, pero no tan lejano en el tiempo.

miércoles, 11 de enero de 2012

QUE NUNCA TE CORTEN LAS PIERNAS, MESSI


Es un barrilete cósmico. Y no importa el rival, el escenario, ni la instancia. Nunca importará. El pequeño gigante, el de la magistral definición, siempre tendrá un as bajo la manga para salirse del molde. Porque es de otra galaxia. Porque es de esos que salen cada un millón de años. Porque con su fútbol hizo más lindo al fútbol.

De derecha a izquierda, la clásica maniobra del principal acróbata del circo culé, el más vistoso del mundo. Casi siempre hace la misma jugada. Aún así, miles de víctimas seguirán sin entender cómo fue que el mago Lionel hizo ése truco.

El santo de la zurda endiablada. El capitán silencioso, de bajo perfil, que sólo habla en la cancha… y calla a los charlatanes. Los deja mudos. Así son los grandes de verdad.

Héroe en Camp Nou, villano en el Bernabeú, en el Calderón, en Wembley o en dónde sea. No pudo el Real Madrid, tampoco el Manchester United en la Champions, ni el Santos en Japón. Nadie podrá.

El niño eterno que jamás perderá de vista la pelota, su única obsesión. Le pegan, se levanta y sigue. En el potrero o en el Camp Nou. Con una pelota de trapo o con varios Balones de Oro. Es lo mismo. Él sólo juega a la pelota, juega al fulbito. Juega, juega y nunca deja de jugar.


Si canta o no canta el himno, da lo mismo -el himno se siente-. Y si no juega con el tobillo inflado como una manzana, también. Sólo pido que nunca te corten las piernas, Lionel.

Disfruto que seas uno de los nuestros, que juegues en el equipo de todos. Gracias por tu magia, Messi. Gracias por tu fútbol.