jueves, 10 de mayo de 2012

EL ÚLTIMO REY LEÓN AMERICANO


Estudiantes, equipo históricamente acostumbrado a las hazañas, actualmente vive inmerso en la mediocridad futbolística. Hace un par de campeonatos que dejó de ser el León de otros tiempos y, si bien inició con todo el presente Clausura, se cayó con el correr de los partidos. Éste recuerdo, no tan lejano, es bipolar al presente. Pasado cercano lleno de epopeyas, que inmortalizó a Once Leones que alzaron la Copa Libertadores en Brasil. Fiel al estilo copero de los Pincharratas.

Estudiantes de La Plata tocó el cielo americano con las manos en cuatro oportunidades. La última en 2009, tras vencer como visitante 2 a 1 al Cruzeiro brasilero. Esa noche, el Pincha fue mística, buen juego y corazón. Se remontó a los años de Zubeldía, Bilardo, la Bruja Verón y compañía, ya que después del tricampeonato a fines de los ’60, hubo que esperar 39 años hasta que el León volvió a subirse al máximo escalafón del continente.

La noche del 15 de julio de 2009 acobijó los sueños de la mitad de la Ciudad de las Diagonales. Fantasías que se hicieron realidad, y que regresaron a 1 y 57 para sentir la gloria de cerca. El conjunto de Sabella más que León fue Torazo en rodeo ajeno al consagrarse en el mítico Mineirao.

Y eso que la parada era sumamente complicada. Tras el 0-0 de la ida, se vislumbraba un estadio Azulao convertido en caldera. Y así fue, un infierno azul. Pero más allá del inmenso y amenazante entorno, los platenses no se iban a echar atrás. Argentos de pura cepa.


Como en todo el campeonato, Estudiantes sustentó las bases del triunfo en su sólida defensa, siempre bien resguardada (sólo recibió dos goles en el trayecto de octavos de final a la serie decisiva, con los dos partidos frente a Cruzeiro inclusive). La incorporación del Flaco Schiavi para las semifinales ante Nacional de Uruguay (debido a las lesiones de Alayes y Angeleri) resultó ser una solución para el equipo, acoplándose a la perfección a la zaga central junto al Chavo Desabato. La defensa de Estudiantes, más allá de algún intento aislado de Wellington ó Kléber, no pasó sobresaltos, aspecto fundamental para partidos definitorios y en canchas complicadas.

Verón estuvo soberbio, la Gata Fernández incisivo y determinante, y Boselli, sana costumbre, constantemente al acecho. Braña le hizo honor al apodo de Estudiantes, fue el León que se necesita en las finales. El primer tiempo se cerró sin goles: paridad absoluta.

En el complemento, la Brujita siguió siendo fundamental; el equipo descansó en su talento. No obstante, más allá del dominio territorial y de posesión de los argentinos, un baldazo de agua fría tempranero, congeló por un instante los sueños pincharratas. Rápidamente, a los 6, en una acción aislada, un remate de afuera del área de Henrique se desvió en Desabato y no alcanzó Andújar, para de ésa manera marcar la apertura.

Fue el momento más crítico de la serie. Es sabido que los brasileños cuando se sacan presiones, se agrandan a pasos agigantados. Empiezan los firuletes y acrobacias, que en cualquier momento terminan con goleada. Pero duró poco. Estudiantes hizo que la pequeña mancha no empañe una actuación colosal y consagratoria. Equipo terco por excelencia, no le hizo caso a la lógica.

Los de Sabella siguieron igual, con esa mentalidad ganadora tan característica, la de nunca sentirse menos que nadie. Y mal no les fue. Sólo 6 minutos después, Verón abrió hacia la derecha para la subida de Cellay, éste llegó al fondo y sacó un centro por bajo que capturó Gastón Fernández para el empate. En un puñado de minutos, el Pincha otra vez estaba en partido.

Y Estudiantes siguió yendo. Claro, únicamente en las finales no existe la ventaja del gol de visitante. Por eso el tema no quedó ahí. El corajudo equipo platense tenía un cartucho más para gastar y no iba a desaprovecharlo. Minuto 27, córner, centro venenoso de la Brujita que encontró la testa de Boselli. El ex Boca ganó en la azotea, un cabezazo a quemarropa que se convirtió el gol más importante de su carrera. Fue el gol de la consagración. Estudiantes mostró personalidad, carácter para ganar finales: 2-1 y campeón.

La claridad distintiva de Verón, la garra del Chapu Braña, los goles de Boselli, las manos de Andújar. El Pincha fue un justo ganador de la edición 50 de la Libertadores, la copa que quieren ganar todos.

Ni Libertad, Defensor y Nacional. Ni siquiera el mismísimo Cruzeiro en Brasil pudo detener la marcha de Estudiantes hacia una nueva hazaña continental. Del gol del pibe Lentini ante Sporting Cristal con Astrada todavía de técnico, decisivo para clasificar a la fase de grupos, hasta el consolidado armado de Alejandro Sabella, en el título que lo consagró como entrenador.

Luego sería el único equipo argentino que jugó un partido oficial ante el Barça de Pep, en la final del Mundial de Clubes. Perdió 2 a 1 con un gol de Messi en suplementario. Acarició otra hazaña. Como la vez de Belo Horizonte. La noche en que el Rey León rugió más que nunca y se adueñó de América. Fiel a su esencia, dispar al momento actual, pero no tan lejano en el tiempo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario